26.1.10

Cinco de la mañana. El calor del verano encoge mi corazón, me traspasa la piel y se refugia en mis huesos. Me caducan las ganas de sonreír y revivan las lágrimas. Lágrimas infinitas. Lágrimas que caen sobre la almohada toda una madrugada. Lágrimas que buscan un abrazo y no encuentran nada, ni tan sólo una mirada. Lágrimas que conversan con el dolor y el frío de mi corazón, y una vez puestos de acuerdo no me dejan levantarme de la cama.
Seis de la tarde y todavía sigo aquí, tumbada, sin un leve movimiento desde que me tapé con la manta. He perdido la cuenta ya de las veces que se ha abierto la puerta de esta habitación, ofreciéndome una oportunidad y otra para levantarme y echar algo de comida en mi estómago, y no, no puedo levantarme. Ni apetito tengo ya, ni ganas de sonreír, ni de vivir.
Diez de la noche. Tengo resaca de tanto llorar, de sentir cientos de lágrimas cayendo continuamente una y otra vez por mi rostro, olvidándose en el vacío. Si estoy sola, ¿cómo es que me pesa tanto la soledad? Es vacío, es nada. Nada de nada.
Ya me da la sensación de que la habitación se cae, y yo, sin apartar la mirada, caigo con ella. Entonces giro, giro y giro... Y siento como alguien entra en la habitación y me abraza, como el lo hacia antes.
Pero todo es una alucinación.


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